Hoy me llegó este video... Me duele el conflicto con el pueblo Mapuche.
Quiero compartir la columna que Carlos Peña publicó en el Mercurio del domingo. Su mirada me parece lúcida, y desde un espacio de pensamiento (la Universidad) que sería maravilloso pudiera estar iluminando la conversación... Lamentablemente no está siendo así.
Acá la columna.
Política y etnia
La etnia (es decir, la afinidad cultural o lingüística al interior de los estados) pesa cada vez más en la política.
Lo probaron la limpieza étnica en Bosnia, la desintegración de la URSS, la insurgencia en Chiapas, el indigenismo en Bolivia o Perú.
En estos días lo prueba el sur de Chile.
Al revés de lo que se creyó a fines de los ochenta (cuando Fukuyama predijo que las luchas culturales por el reconocimiento serían sustituidas por el cálculo individual y el imperio del mercado), hoy día las identidades particulares renacen.
Y no es un puro asunto de la pobreza o la excentricidad latinoamericana.
Es cosa de mirar a la civilizada Suiza, la tranquila Bélgica, la republicana Francia, la moderna España, el flemático Reino Unido, la emergente Nueva Zelandia, la infinita Australia. En todos esos países hubo procesos de reconocimiento de la pluralidad étnica o lingüística y políticas destinadas a conferir derechos colectivos, autonomías territoriales o a reparar injusticias históricas.
Justo lo que en Chile no.
Hemos preferido mirar el conflicto con ojos de los años sesenta: como si fuera un asunto de marginalidad y de pobreza. Como si los mapuches se identificaran con el campesinado o el proletariado urbano. La política de entrega de tierras llevada a cabo desde los noventa -al margen de la retórica- se inspiró en ese diagnóstico.
Así, la dimensión simbólica pasó al olvido.
Pero ocurre que el aspecto simbólico es la parte más importante del conflicto.
Y es que los pueblos originarios -mapuches, aimaras, atacameños, rapa nuis- no sólo se sienten maltratados por la pobreza. También sienten que se les niega su identidad. Ellos creen (con buenas razones) que su identidad (lo que ellos son y lo que valoran) ha sido ahogada por la ficción del estado nacional y que sus recursos les han sido arrebatados por una sociedad que los ensalza en los manuales de historia y en los discursos patrióticos de ocasión; pero que en el espacio de lo público los trata como si no existieran o como excrecencias de un tiempo que se fue.
Esa queja ha sido expresada por una minoría. Siempre ocurre así en los procesos sociales y políticos. Lo que importa es la legitimidad que ese reclamo ha ido ganando.
Por eso la muerte de Jaime Mendoza Collío (habría muerto de un balazo en la espalda) no es un asunto puramente policial. Para los mapuches será una nueva prueba del desprecio. No se requiere haber leído la Dialéctica del amo y del esclavo en Hegel para advertir que este hecho no hará más que exacerbar las demandas de reconocimiento.
¿Qué hacer entonces?
Lo sabemos desde el Informe de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato.
Allí se sugirieron medidas de reconocimiento (destinadas a curar simbólicamente la invisibilidad a que fueron condenados esos pueblos) y de justicia correctiva (para reparar los daños que la política de propiedad les infligió). Derechos colectivos para la gestión de sus territorios ancestrales, derechos políticos, derechos lingüísticos, reparaciones para quienes fueron, mediante artimañas, privados de sus tierras, fueron algunas de las medidas sugeridas. De todas, las más urgentes son las de reconocimiento. Y es que esos pueblos -como todos- aspiran a que los demás reconozcan el valor que ellos se atribuyen. Por eso, una vez que se les confiera un lugar en el espacio público, se les asegure representación política y se proteja el puñado de bienes a los que ellos asignan valor (la lengua, entre ellos), el camino de la fuerza perderá, poco a poco, su legitimidad.
No hay que olvidar (Hegel de nuevo) que lo más propio de los seres humanos es que están dispuestos a matar, o hacerse matar, por símbolos.
Una vez que los símbolos se concedan, todo será más fácil. Así entonces, hay que dejar de un lado la retórica del estado nacional (tan cara a la cultura de la derecha y de la izquierda, como si todos tuvieran a Alberto Edwards en el velador) para, en cambio, reconocer plenamente a esos pueblos, hacerles un lugar en el espacio público y darse, de una vez por todas, a la tarea de curar las heridas que dejó la historia.
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¿Qué podemos hacer para que esto no siga sucediendo?
¿Cómo podemos retejer esta conversación?... Me surge la mirada de Don Beck y sus procesos transformacionales en Sudáfrica.
Mientras sigamos como país entendiendo un conflicto de símbolos, valores, historia y tradiciones como un problema de seguridad, el estado seguirá tratando de poner (vía fuerza) un orden que al pueblo Mapuche no le hace sentido... y sabemos que la fuerza, consecuentemente, genera fuerza en contra.











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